No Future. Algunas notas dispersas a partir de una conversación en la Sala d’Art Jove. Domènec

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“No future for you” escupían en la cara del público los Sex Pistols en la magnífica canción de 1977 God Save the Queen. “Avui sóc ric. No tinc memòria” (Hoy soy rico. No tengo memoria), cantaba Jaume Sisa en una canción de 1979. Nos asomábamos al abismo del fin de la historia, en los años ochenta, la caída del Muro de Berlín, la cocaína barata y el triunfo del capitalismo global: el presente continuo… Los Sex Pistols cantan el final de una época y la llegada de las tinieblas de la era de Thatcher; Sisa, irónicamente, celebra que gracias al “capitalismo Hay que explorar las formas en las que el arte contemporáneo puede articular el pasado, microrrelatos que se centren en hechos más o menos recientes que han quedado ocultos bajo la densa sombra de las narrativas hegemónicas, pese a ser, en algunos casos, imprescindibles para entender nuestro presente real y para poder imaginar un “futuro otro”. Al capturar estos espectros del pasado, al provocar que las pequeñas historias y relatos ocultos se materialicen, estos se convierten en signos visibles de la forma en la que se ha construido la realidad de nuestro presente. A modo de ejemplo, hablaré de un proyecto que hicimos en Helsinki. Surgió a partir de la lectura sobre la obra del arquitecto Alvar Aalto —el arquitecto finlandés más reconocido y uno de los padres de la arquitectura moderna—, y en concreto sobre uno de sus edificios, el Kulttuuritalo, un centro cultural y sala de conciertos situado en Kallio, un antiguo barrio obrero hoy en proceso de gentrificación. Después de consultar varias fuentes que hablaban de la importancia del edificio, de las muy interesantes aportaciones e innovaciones técnicas y formales, de la importancia en la evolución del estilo del arquitecto y en la arquitectura de posguerra, del diseño único de los ladrillos, o de sus cualidades acústicas, solo en un único texto —entre el montón de información— pude leer: “Mayoritariamente construido por voluntarios.” ¿Qué quería decir “mayoritariamente construido por voluntarios”? ¿Por qué? ¿Cuáles fueron las circunstancias? Tras consultar distintos archivos como el archivo histórico de la ciudad y el archivo del museo de arquitectura, casi nadie tenía muy claras las respuestas; solo en un pequeño archivo en un piso del barrio se conservaba la memoria de los hechos, una increíble historia de creación colectiva: entre 1954 y 1958 más de 5.000 voluntarios, trabajadores y trabajadoras, miembros de los sindicatos, militantes de las organizaciones de izquierdas, de organizaciones juveniles y del partido comunista, regalaron más de 150.000 horas de su tiempo de descanso después de la jornada laboral y de los fines de semana para levantar este magnífico edificio que durante muchas décadas fue el centro de la vida social, cultural y política del barrio y de los trabajadores de Helsinki. Un episodio importante de la clase obrera finlandesa se lo había apropiado la historiografía hegemónica y había sido olvidado por la mayoría de los habitantes de la ciudad. Cuando por fin pudimos entrevistar a varios jubilados —que de jóvenes habían participado en este proceso colectivo— se extrañaban que nunca nadie antes les hubiera preguntado por aquello que para ellos era, quizás, el episodio más importante de sus vidas. El popular” ya somos todos ricos, todos tenemos hipoteca y ya no necesitamos memoria. Durante décadas hemos vivido, hemos trabajado, hemos pensado como si estuviéramos en la hora del recreo… presente continuo… por fin, nos tocaba divertirnos… ¡se había terminado la historia! Ya no era necesario ningún compromiso… Miles de artistas llenando el mundo de obras brillantes, sin mácula, lisas, sin drama, obras autistas, divertidas, egocéntricas, pinturas de topos, vacas en formol, perritos gigantes hechos de flores, carísimos bibelots para decorar la lujosa nada del capitalismo de ficción. Confundir la realidad con un photocall. Mientras la población narcotizada se embobaba contemplando a los artistas haciendo el indio, los amos de todo nos robaban el pasado y, por lo tanto, la posibilidad de pensar un futuro diferente. Tal como cuenta Martí Peran, “en el análisis de la experiencia contemporánea se constata una evidencia: la dificultad de pensar el futuro. Así como la modernidad se caracterizó por su prolífica construcción de promesas, hoy solo hay un presente que siempre reduce nuestras expectativas para mañana. Este síntoma de época responde a una compleja red de elementos: el fracaso de las utopías de masa, el hedonismo promovido por el consumo, la extensión de la cultura del miedo, la generalización de la precariedad que impide concebir la vida como proyecto… Al lado de estas dificultades, el espectáculo del capitalismo tardío solo nos ofrece del futuro una colección cinematográfica de ficciones apocalípticas”. Imágenes distópicas con una clara lección: el statu quo es inalterable, cualquier intento de modificar la realidad y subvertir el equilibro de fuerzas está condenado al fracaso.

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La adicción sensorial a una realidad compensatoria se convierte en un medio de control social, y gran parte de la producción artística entra en el reino fantasmagórico como entretenimiento, como parte del mundo de la mercadería. Marx popularizó el término de fantasmagoría al usarlo para describir el mundo de las mercancías que, en su mera presencia visible, ocultan todo el rastro del trabajo que las ha producido. Estas esconden el proceso de producción e incitan al espectador a identificarlas con sueños y fantasías subjetivas.

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La historia no puede ser solo pensada diacrónicamente. Existen saltos, cortes, discontinuidades, contradicciones, atajos y caminos sin salidas. Pasado, presente y futuro no solo suceden diacrónicamente, sino también sincrónicamente. proyecto, pues, tenía como objetivo recuperar la voz de los trabajadores que participaron en la construcción colectiva de este símbolo de la modernidad e icono del movimiento obrero finlandés. A su vez, el proyecto abordaba la brecha histórica entre la época en la que se construyó el Kulttuuritalo y el momento presente, en que el edificio se ha transformado en un monumento arquitectónico despojado de su carga ideológica. Un intento de revivir el pasado que pretende reflexionar sobre el modo en el que experimentamos el tiempo histórico.

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Hace tan solo unos días, un amigo me preguntaba el porqué del reciente interés —que él consideraba muy a menudo superficial, una mirada nostálgica que desactivaba todo su potencial crítico— de un montón de artistas contemporáneos por la arquitectura moderna. “¿Por fetichismo? —respondí—. ¿Y por la utilización de dispositivos obsoletos para formalizar los proyectos? Diapositivas, películas de vinilo, proyectores de opacos… ¿Fascinación por lo vintage?” Cuando no hay nada que decir, nada que cuestionar, siempre podremos recurrir al documento, al archivo, a la anécdota histórica, al display. Esta mirada nostálgica hacia un pasado que estaba lleno de futuro, perpetúa la orfandad del presente. Al no entender que la relectura del pasado solo es pertinente si es una arma dialéctica cargada de munición en la lucha por transformar el presente, esta mirada se convierte, de hecho, en cómplice del relato hegemónico y perpetuadora del discurso que ha procurado siempre desactivar la carga crítica y transformadora de estos momentos del pasado que ahora se revisitan.

Texto publicado al catalogo “Avantsala + Fuga. Art Jove 2013” Generalitat de Catalunya, Barcelona 2013.